No hay edad para verse afectado de juvenilitud, ni sexo que prohíba agregarse una piel de feminitud. (p.34)

El impulso androcéntrico quizá nos lleve a pensarlo como un personaje exclusivamente femenino; sin embargo, la Jovencita no es una figura sexuada. El concepto aparece en el primer número de Tiqqun y hace referencia al «chulito de discoteca» tanto como a la single metropolitana workaholica; a la pequeña burguesa americanizada y su «familia de plástico», al «homo conectado-hinchado-empaquetado del Marais». La Jovencita somos todos, dice Castro Rey.
No quiere decir esto que sea inocente la elección del género gramatical femenino ni la referencia social-etaria. Según Tiqqun, es en los elementos tradicionalmente marginados donde la sociedad mercantil encuentra hoy sus «mejores sostenes»: «mujeres y jóvenes, en primer lugar; homosexuales e inmigrantes, después» (p.21). Así, la Juvenilitud y la Feminitud son asumidos como ideales reguladores del ciudadano-modelo luego de la Primera Guerra Mundial (pp.20-21). Nociones univocas («hipostasiadas, abstractas y recodificadas») de juventud y feminidad que homogeneizan (y vacían) la idea de ciudadanía, borrando toda especificidad de clase y etnia. La Jovencita siempre aparece en singular.
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Ya sea camarero, modelo, publicitario, ejecutivo o animador, la Jovencita vende hoy su «fuerza de seducción» como antaño se vendía la «fuerza de trabajo». (p.87)
La Jovencita tiqquniana tiene ciertas cercanías con la noción de capital erótico de Catherine Hakim. En ambas, la seducción es una forma de ejercicio de poder independiente del género del sujeto. Para Hakim «las personas dotadas de atractivo físico y social tienen una ventaja, una gracia» que les permite acceder a posiciones sociales privilegiadas: este activo es lo que ella llama capital erótico. Desde ese punto de vista podríamos decir (con Tiqqun) que la jovencitización se ha vuelto la clave para la acumulación de todos los capitales bourdessianos. La seducción como arma de guerra, antes reservada a las mujeres, se convierte así en un requerimiento social que se extiende (e impone) tanto al presidente de los Estados Unidos como al papa. Este capital de Hakim es la autonomización de la potencia erótica que se sintetiza, según Tiqqun, en el cuerpo de la Jovencita (y que llega a dominarla).
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Para la Jovencita, la seducción nunca tiene fin, es decir que la Jovencita llega a su fin con la seducción. (p.71)
El primero de los seis elementos que conforman el capital erótico de Hakim es la belleza. Sin embargo, como admite la autora, las ideas acerca de lo bello cambian «con las culturas, y con el tiempo». Por lo tanto, no se trata de atributos «naturales», sino de la gestión de estos para adecuarlos a la demanda dominante. Una gestión eficiente del cuerpo (vaciado de contenido), el ascenso de la Jovencita. Esto no significa una «dictadura de la belleza» en sentido estricto, sino más bien «la hegemonía del simulacro físico como forma de objetividad de los seres» (p.72).
La Jovencita gestiona su existencia en un mercado de valores. Lo importante para ella es «confirmar su valor», en tanto potencial de seducción en el mercado del deseo. Este «valor» latente en el cuerpo de la Jovencita es medido por la atracción que despierta y va en alza cuando incluye bienes escasos (como la belleza y el sex-appeal que, según la autora, tienden a escasear en cualquier economía). Por eso, para Hakim, se debe aprovechar la juventud tanto como se pueda: y por eso, en palabras de Tiqqun,«la Jovencita no envejece, se descompone» (p.50). Vale decir que, en la medida que se estrechan los parámetros valorados, es evidente que se asegura también el mantenimiento de los privilegios de las élites.
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La Jovencita es ese fantasma que recorre los gimnasios, es la silicona, los biopolímeros, el Mister y el Miss Venezuela: esos prolíficos negocios enquistados en nuestra supuesta «identidad nacional». Pero, quizá de manera menos evidente, también la Jovencita está ahí en el ascenso al poder de figuras como Henry Ramos Allup. Hakim toma como ejemplo paradigmático de capital erótico, la eficiente gestión que llevó al poder a Barack Obama. No solo porque ve en él todos los elementos que conforman esa potencia de seducción, sino porque su mujer y sus hijas cumplen también con esos requerimientos implícitos. (En ese mismo sentido, hace unos años en México se criticó que una candidata a la Presidencia tratara de ocultar a su hija debido a su gordura, seguramente por el efecto que el cuerpo de su hija podría tener sobre su imagen).
El caso de Ramos Allup (hoy devenido casi un rockstar de la oposición venezolana) es curioso, en cambio, porque la figura de un hombre asociado con los viejos ideales patriarcales de autoridad parece contrarrestarse inadvertidamente con una familia que cotiza alto en el mercado del deseo. Su familia funciona así como catalizador erótico del anhelo de seducción, tanto como de modernidad, que en él no logra satisfacerse del todo. Porque la Jovencita es el cuerpo joven y «bello», pero también (o por eso mismo) el cuerpo moderno: cuerpo blanco (en un sentido echeverriano). Cuerpo felizmente colonizado. Tema central a tener en cuenta, aún cuando el racismo implicado en la obligatoriedad de la jovencitización es algo que se pasa de largo en Tiqqun y (en su vocación prescriptiva y de autoayuda) probablemente ni siquiera le importe demasiado a Hakim.

Todas las citas textuales están tomadas de la edición de Acuarela Libros de Primeros materiales para una teoría de la Jovencita (todos los números de página señalados son de esa edición) que está disponible para su descarga en PDF. Hay también otra versión del texto en línea.
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