
Las normas APA (o el estilo APA) son un formato estándar creado por la Asociación Estadounidense de Psicología (American Psychological Association) para la publicación de artículos científicos y trabajos académicos. Éstas, como cualquier otra cosa hecha por la sociedad, responde a unas determinadas condiciones sociales. No tiene una validez universal (aunque se pretenda) ni responde a criterios inmanentes e inevitables.
Por el contrario, como humanas son las personas que las hacen, es lógico que encontremos en ellas las limitaciones humanas del contexto en el que se producen. Sin embargo, casi siempre tendemos a recibir en silencio los dictámenes de esta (y otras) regulaciones que consideramos buenas y necesarias, aceptando de manera acrítica las naturalizaciones que a partir de ellas se efectúan (nótese, de hecho, que incluso esta entrada respeta medianamente los estándares APA).
La «antena detectora»
Pavón-Cuéllar (2012), en un breve e interesante artículo titulado «Antena detectora de naturalizaciones acríticas. El año de publicación y la mala memoria de la psicología», llama la atención acerca de uno de los aspectos que poco nos preocupamos por cuestionar en el sistema APA: el año en la referenciación de una obra. El hecho es que de acuerdo con estas normas, el año que debe colocarse al referenciar a un autor y a su obra no es el año en el que se planteó la idea originalmente, sino aquel en el que se publicó la obra que la contiene o, más específicamente, el año de publicación de la edición consultada. Esto lleva, según ejemplifica el autor, a encontrar aberraciones del tipo «Platón (2005)» dentro de trabajos académicos serios. He ahí un primer problema.
La practicidad y sus consecuencias
Por un lado, es claro (aunque esto no lo diga Pavón-Cuéllar) que las normas APA responden a cierta practicidad (un interés predominantemente técnico, diría Habermas) vinculada con la posibilidad de verificar los planteamientos que en los trabajos académicos se exponen, para que otras personas puedan ir directamente a la fuente. Por lo tanto, es ciertamente lógico que las citas referencien el trabajo del que se extrajeron (con el año exacto de la publicación de la edición consultada) para facilitar así que otras personas puedan ir hasta allá sin tropiezos.
De lo contrario, no tendría sentido por ejemplo colocar luego de las citas textuales el número de página de donde se está tomando la misma, ya que si no se va a referir la edición exacta, el número de página evidentemente puede variar dependiendo de la edición a la que se acuda. Por otro lado, es cierto que, siguiendo con Pavón-Cuéllar (2012), el énfasis en el hecho editorial (la publicación, el número de la edición) por encima de la producción del texto termina siendo uno de esos síntomas de las «naturalizaciones acríticas» que a la vez expresan y sirven para reforzar la desmemoria de la academia en general y de la psicología en particular (que es el campo al que se circunscribe el autor y, en último término, la misma APA). Así, el tema del año en el sistema de referenciación, que él califica de «insignificante, pero particularmente revelador», trae como consecuencia:
- La desconextualización histórica: al desaparecer de un plumazo la fecha en la que se realizó el texto y sustituirla por la de su última aparición editorial, nos hace olvidar aquel momento que lo vio nacer e incidió en su surgimiento;
- La asimilación ideológica: el texto al ser traído a nuestro contexto, es interpretado «legítimamente» desde el tamiz de nuestros presupuestos ideológicos y culturales, invisibilizando de paso, lo que no es inteligible a nuestro tiempo;
- La absolutización del presente: porque se asume que no hay otro tiempo válido y, si lo hay, no lo podemos recordar porque nuestros estándares legitiman y refuerzan la atemporalidad de nuestro presente, con todas sus implicaciones;
- La negación de la historia: todos o casi todos los documentos que referenciemos seguramente habrán sido publicados (no producidos) después del siglo XIX, por lo tanto la desmemoria se convierte en una consecuente negación de lo olvidado, en tanto implícitamente asumimos que todo lo dicho se ha dicho durante estos últimos siglos.
De la forma y el fondo
Podemos estar totalmente de acuerdo con Pavón-Cuéllar (2012), pero debemos preguntarnos ¿a dónde apuntan realmente sus críticas? Si una de las funciones principales de este tipo de estandarización es, como dije antes, la practicidad de su sistema, los planteamientos del autor no nos remiten a los parámetros formales que en ella se establecen sino a la concepción de fondo sobre la que se sustentan. Concepción que no es, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de la APA.
De hecho, en última instancia, parece que el problema nos remonta a esa delicada cuestión que tanta confusión tiende a generar entre las personas que nos movemos en el área de la metodología: aquello de la distinción entre la forma (el manual, la receta, el año de una publicación) y el contenido (el conocimiento, la idea, el contexto de creación). Por tanto, aunque asumamos que este último siempre debe colocarse por encima de lo meramente formal, ya vemos que a veces las exigencias de rigurosidad, como base de validez (y legitimación) científica, pueden hacernos invertir nuestras escalas de valores.
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