
En 1805, Haití se proclamaba independiente y, en el artículo 14 de su nueva Constitución, declaraba: “Todas las distinciones de color necesariamente desaparecerán entre los hijos de una y la misma familia, donde el jefe del Estado es el padre; todos los ciudadanos haitianos, de aquí en adelante, serán conocidos por la denominación genérica de negros”. Según Eduardo Grüner, la generalización (extensiva a mujeres blancas, alemanes y polacos naturalizados) “puede parecer «a primera vista absurda», pero «tiene el enorme valor de producir una disrupción del racialismo biologicista o naturalista que, entre fin de del siglo XVIII y principios del XIX, ha comenzado a imponerse: si incluso alemanes y polacos [a quienes “uno suele asociar con la piel blanquísima y los cabellos rubios de sajones y eslavos”] pueden ser decretados negros, entonces está claro que negro es una denominación política (o político-cultural, si se quiere), es arbitraria (en un sentido saussuriano de la arbitrariedad del signo) y no natural ni necesaria”.
El gesto de la Revolución Haitiana (“Todos somos negros aunque no todos lo seamos”), dice el autor, se muestra así tan moderno como el “Todos somos iguales menos algunos de la Revolución Francesa” que la encendió, a modo de respuesta.

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