Texto publicado originalmente en La Caída (2018).

Hace tiempo alguien me pidió que escribiera un texto sobre la desnudez. La pregunta: «¿qué pasa cuando te desnudas?», quise responderla sin darle demasiadas vueltas. Pero cada vez, otras preguntas me asaltaban. Para empezar: ¿cuándo fue la última vez que estuve desnudo? Traté de recrear el momento. ¿Cuántas veces he estado realmente desnudo en mi vida? ¿vale como desnudez si no había nadie que lo atestiguara? Escribo desde Tijuana, una ciudad a la que llegué siendo un otro, pero que rápidamente me convirtió en otro más. Porque Tijuana está llena de otredades: casi nadie es de “acá”. Uno de sus emblemas, me cuentan, es un burro disfrazado (pintado) de cebra. Y como pude constatar, ahí, en la avenida Revolución, donde todo en la vida (y la vida misma) confluye, el burro-cebra o el Zonkey se convierte en una atracción turística de primer orden. Y ¿quién diría que la cebra es un burro? ¿quién diría que un burro podía devenir cebra, que podía perder su desnudez? ¿que con el sombrero de charro, que medio le tapa las orejas, su animalidad podía verse eclipsada?
En la última frontera hacia el norte antes de pisar Estados Unidos, las fronteras se negocian constantemente, las diferencias se disfrazan; por inercia o por necesidad, las identidades se confunden. «De cada cinco personas que viven en Tijuana, solamente una es tijuanense», dice un señor (tijuanense) en una conferencia sobre arte y gestión cultural en la ciudad. Aquí, de pronto, la interpelación althusseriana toma nueva forma a través de un casual «¿y tú, de dónde eres?» que busca subrepticiamente devolver cada cosa a su lugar.
Pienso, con el Zonkey, en lo que significa estar desnudo: ¿de qué hablamos cuando hablamos de desnudez? ¿de una naturaleza oculta tras la ropa? ¿del burro antes de las marcas de pintura que lo convirtieron en cebra? ¿de la carne frente a la imagen que le devuelve el espejo? Si me lo pregunto es, finalmente, porque no creo haber tenido la oportunidad de estar desnudo alguna vez. Porque algo mucho anterior a mí me quitó esa posibilidad. Porque si en Tijuana se visibilizan la mascarada y las estrategias de evasión, no es porque el resto del mundo esté exento de esos artificios. (El yo que antecede al Zonkey se diluye en el discurso que lo viste y ya no existe fuera de él).
La pregunta por la desnudez es una pregunta por el cuerpo, por lo que está debajo de la ropa. ¿Pero los cuerpos logran alguna vez desprenderse de sus ropas? Ese cuerpo que se construye bajo la mirada de los otros, y de un yo que se la apropia, que es configurado por el deseo y el repudio, ¿puede acaso estar desnudo? Trato de pensar un escenario en el que sea posible la desnudez. Y, sin embargo, puedo quitarme la ropa cada día frente al espejo, puedo vencer mis miedos y quitármela frente a mi ventana abierta, y no estoy seguro de que logre desnudarme. No siento que un cuerpo marcado (con la carga que todas las marcas dejan en ese cuerpo, y no solo sobre él) pueda ya estar desnudo. No creo que los cuerpos puedan hablar con sus propias voces, al margen de sus marcas. Pero, en todo caso, no sé si desnudarnos sea o pueda ser, en su versión menos problemática, una utopía deseable. Quizá sea mejor y más viable dejar que las marcas hablen. Que el dolor no convierta sus voces en una utopía menos deseable.
Ilustración de María Alejandra Balaguera.
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