
Virginie Despentes es una escritora francesa, autora del libro Fóllame (1993), adaptada al cine en 2000 bajo la dirección de la propia Virginie junto a Coralie Trinh Thi. Fóllame narra la historia de una actriz porno y una trabajadora sexual que, viniendo ambas de un pasado de violencia, deciden enfrentarse a los hombres que se le atraviesan en un viaje que emprenden juntas. Estos enfrentamientos por lo general terminan con la muerte de dichos hombres. Fóllame es posiblemente la obra más famosa de Despentes.
En 2006, la autora publica Teoría King Kong, una mezcla de narración autobiográfica con aproximaciones teóricas feministas desde las que intenta ubicar su propia experiencia de vida como mujer. Teoría King Kong[*] sirve en gran medida para entender el surgimiento de lo que fue Fóllame, tanto el libro como la película, y el planteamiento que subyace a la violencia aparentemente gratuita. Teoría King Kong es una obra que no solo cuestiona el imperativo patriarcal que sigue prevaleciendo, aun en las sociedades del llamado primer mundo europeo (desde donde habla Despentes), sino también las posturas conservadoras de ciertos feminismos.
Violación
En el tercer apartado de Teoría King Kong, titulado “Imposible violar a una mujer tan viciosa”, Despentes aborda el tema de la violación a partir de su experiencia adolescente. Pero el tema de la violación, tal y como es planteado por la autora (y como argumenta a lo largo de todo el libro), no remite únicamente a un ejercicio de violencia directa de los hombres sobre las mujeres. De acuerdo con Carole Pateman, el patriarcado moderno funciona como una fraternidad entre varones que comparten, a decir de Bourdieu en La dominación masculina, un vínculo de “nobleza” por el hecho de ser hombres. En ese sentido, Despentes muestra que la violencia del patriarcado se funda en un pacto social implícito entre hombres que, a su vez, existe sobre la base de un poder distribuido desigualmente de acuerdo a la asignación de géneros. Así, dice la autora, “su virilidad, su famosa solidaridad masculina, se construye a partir de esta exclusión de nuestros cuerpos […] Es un pacto que reposa sobre nuestra inferioridad” (p.30). Esa exclusión conlleva la producción del cuerpo femenino como “nunca iguales” que, en la práctica, se traduce en “nunca seguras, nunca como ellos. […] el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero” (p.30).
Constituidas como la exterioridad absoluta de la masculinidad poderosa, las mujeres son producidas materialmente como cuerpos vulnerables. La violación no es una “acto” meramente sexual, sino una práctica política, una “estrategia de guerra [pero no especifica ni exclusiva de ella], que participa de la virilización del grupo que la lleva a cabo y debilita, al mismo tiempo, al grupo adversario” (p.32). No se trata de que las mujeres sean el “sexo del miedo” por una naturaleza que las ata a ello, pero es necesario que lo sean en tanto la masculinidad se define por su superioridad sobre ellas.
La violación “funciona” en dos sentidos como programa político: en tanto concreción efectiva del dominio de los hombres sobre los cuerpos femeninos; y en tanto que el “acto” constituye la máxima expresión de lo que, dice la autora, es “una empresa política ancestral, implacable, [que] enseña a las mujeres a no defenderse” (p.39). La permanente posibilidad de ser violadas, debido a una supuesta incontenibilidad del deseo masculino, hace de las mujeres sujetos vulnerables. Cuerpos condicionados para sentir miedo y que el miedo mismo y la indefensión aprendida vuelve a ellos para hacerlos siempre vulnerables.

Trabajo sexual
En “Durmiendo con el enemigo”, la autora habla del tema del trabajo sexual, una vez más desde su experiencia. Un tema aún desligado a lo que dice en torno a la violación. No porque Despetes considere que pagar por sexo sea equivalente a ésta, sino, al contrario, porque el negarles a las mujeres la posibilidad de gestionar su propio cuerpo de manera autónoma se hace cómplice de la producción de ellas como sujetos débiles, vulnerables e incapaces. El estigma sobre las prostitutas es, otra vez, doble: por una parte, se les asume a priori como víctimas o, por otra parte, si ellas defienden su oficio como una elección libre, entonces se les condena como “putas”. Esto es, se lamenta su pasividad, pero se condena su autonomía. La victimización niega la imagen de una “mujer pública” y dicha negación tiene consecuencias directas sobre la vida de quienes contravienen el mandato de pasividad. Así, las mujeres que ejercen el trabajo sexual tienen un mayor riesgo que los hombres de ser violentadas por extraños o aprehendidas por los cuerpos de seguridad, ya que su mera presencia, solas, en el espacio público implica una ruptura con el imaginario de género dominante.
La prostitución es problemática, además, porque visibiliza la porosidad de ciertas fronteras: la frontera que separa lo público de lo privado (y quienes pueden estar legítimamente en ambas esferas). Según la autora, “cuando impedimos que las putas trabajen en condiciones decentes, atacamos directamente a las mujeres, pero también buscamos controlar la sexualidad de los hombres. […] De nuevo, doble imposición: en la ciudad todas las imágenes invitan al deseo, pero el alivio debe seguir siendo problemático, cargado de culpa” (p.69).
La negación del ejercicio del trabajo sexual devuelve el sexo al espacio privado, de donde no puede salirse y ejerce así un control biopolítico sobre toda la población (hombres y mujeres) a través de la gestión de sus intimidades. Por otra parte, la normalización de la prostitución difumina también la frontera que separa la seducción del trabajo sexual (p.59), con lo que se corre el riesgo de sexualizar toda práctica social y a su vez desmitificar la sexualidad, introduciendo en ella la dimensión económica. Así, dice Despentes, “aún no veo bien la diferencia entre la prostitución y el trabajo asalariado legal, entre la prostitución y la seducción femenina, ente el sexo pagado y el sexo interesado, entre lo que conocí durante aquellos años y lo que he visto después” (p.64). El miedo al trabajo sexual (a que sea aceptado como un oficio más) y su condena como violencia hacia las mujeres, termina ocultando las formas de ejercicio desigual de poder que implican otras relaciones normalizadas como el matrimonio.
La pornografía
Los planteamientos de Despentes se alinean de alguna forma con las posturas pro-sexo y pro-porno que surgen sobre todo en la década de 1980. De la misma manera que defiende el ejercicio autónomo de las mujeres, incluso si es para lucrarse a través de ello, también defiende la pornografía como una forma legítima de placer al que, en vez de rechazarse, debería permitirse el acceso tanto a hombres como a mujeres. Las feministas que se oponen a la pornografía (al igual que aquellas en contra del trabajo sexual femenino) argumentan que estas prácticas constituyen una violencia directa sobre las mujeres que, en el caso de la prostitución, es equiparable a la violación y, en el caso de la pornografía, la fomenta y la legitima. Desde este punto de vista, las películas pornográficas reproducen una cultura de violencia y cosificación hacia las mujeres.
Despentes, como otras feministas pro-porno, van a señalar en cambio la diferencia entre la fantasía (y su representación) y la realidad. En ese sentido, dice, “nuestras fantasías sexuales hablan de nosotros, en la manera desplazada de los sueños. No dicen nada de lo que deseamos que ocurra de facto” (p.77). De acuerdo con esto, la pornografía visibiliza deseos no conscientes y, por lo tanto, su normalización inhibiría la posibilidad de control sobre esos deseos.
La pornografía, en última instancia, se instituye sobre la censura (p.79). En términos históricos, Jennifer Tyburczy ha señalado también que la invención de la pornografía puede datarse al mismo tiempo que se inventan los llamados “museos secretos”, espacios donde se reunía todo aquello considerado “obsceno” y que, por lo tanto, debía ser censurado, al menos para una parte importante de la población. Según Despentes, “no es la pornografía lo que molesta a las élites, sino su democratización” (p.83). El control de la pornografía remite al control de lo que (desde) la pornografía (se) produce: es una forma más de control de la “población”, en los términos de Foucault. Asimismo, control otra vez sobre las mujeres, en la medida que los mismos estigmas que recaen sobre las prostitutas recaen sobre aquellas mujeres que incursionan en el porno. Son victimizadas, asumidas como mujeres explotadas por hombres, pasivas y vulnerables; y, además, son condenadas y marcadas de por vida. “No es que ellas no sean capaces de hacer nada más que porno”, dice Despentes, “ni que no quieran hacerlo, es que todo está organizado para asegurar que ello no sea posible” (p.82). La autora no niega que las mujeres sean explotadas tanto en la industria porno como en la del trabajo sexual, pero la sobreexposición de dicha explotación (que también existe en muchos otros campos laborales y de la vida) tiende a hacer inconcebible material y simbólicamente la autonomía de las mujeres.
[*] La edición citada y las páginas que se refieren son de la edición de 2007 publicada por la editorial Melusina.
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