
La cultura heterosexual[*] supone la producción de la heterosexualidad en tanto “natural” y uno de los mecanismos canónicos para ello fue y sigue siendo la educación. Según Louis-Georges Tin, incluso en visiones progresistas que defienden la educación sexual obligatoria la idea de la heterosexualidad como naturaleza evidente no suele ser cuestionada. Y, en todo caso, su reproducción constante lleva a cierta invisibilización de sus desviaciones. En ese sentido, hombres como Shakespeare son objeto recurrente de terapias simbólicas de reparación, “una empresa de travestismo heterosexual” (p.205), donde se borran las huellas de amores o filiaciones sentimentales profundas que no se corresponden con el imperativo heterosexual como es entendido en las sociedades occidentales modernas.
Lecturas heterosexuales
Esa lectura heterosexual produce una realidad que le niega existencia a la homosexualidad (a pesar de que, paradójicamente, también la produce y la condena). Es una lectura que se instituye a partir de cuatro mecanismos fundamentales: “ocultación, mutilación, falsificación, interpretación” (p.204). Esto es: se ocultan ciertos aspectos de la vida de autores o héroes; se mutila sus obras para sacar de ellas las referencias al amor desviado; se falsifica dichas referencias sustituyendo pronombres, por ejemplo, para cambiar el género de sus objetos de deseo; o, en fin, se le da una interpretación ajustada a la cultura heterosexual, donde la interpretación se hace presa del pensamiento (heterosexual) que al final contribuye así a reproducir.

En la medida que la hegemonía de la cultura heterosexual ha triunfado en Occidente y se ha expandido en todo el mundo, incluso ha logrado subsumir en su lógica aquello que por exclusión la constituye. De manera que el ideal de amor heterosexual ha pasado a ser el modelo canónico que bien puede funcionar tanto para heterosexuales como para homosexuales. A tal punto la cultura heterosexual ha llegado a instituirse en (y a producir) las subjetividades “normales” que el «amor» es hoy la base de la mayoría de los productos culturales que se distribuyen en masa y que se consumen globalmente. Lo que explica, a su vez, que la mayoría de las personas esperen o demanden para sí un final feliz romántico y en pareja.
Desviaciones
Frente a esa hegemonía, ciertos esfuerzos de inversión han hecho visible las sutiles rupturas de su imperativo. Un ejemplo es el documental de 1995, El celuloide oculto. En esta película se hacen explicitas las referencias no heterosexuales que estaban presentes en diferentes películas hollywoodenses. En la mayoría de los casos, dichas producciones empleaban estrategias creativas para introducir elementos censurados por el Estado y vetados por la moral dominante, que sin embargo eran decodificados y apropiados por un público que podía identificarse con esos personajes y situaciones. El hecho de que la censura no fuese capaz de “ver” esas insinuaciones (a veces muy evidentes) habla en buena medida de la imposibilidad de pensar más allá de una heterosexualidad evidente y necesariamente omnipresente.
Aún hoy es interesante ver la lectura inevitablemente heterosexual que suele hacerse de productos culturales donde se expone la fragilidad de esa hegemonía. En la película Superbad (2007) la exaltación de una amistad viril, profundamente sentimental, como diría Tin, debe enfrentarse a su obligación de renuncia homosocial para acceder a la heterosexualidad. Sin embargo, como señala el autor en referencia a Gargantúa y Pantagruel, es claro que ninguno de los dos personajes principales (varones adolescentes) están interesados “verdaderamente por las mujeres; éstas no son más que un pretexto. Es cierto que hay que casarse, pero para ellos los verdaderos placeres son los de la amistad viril” (p.63). Lo mismo se podría decir con referencia películas mexicanas como A.T.M. A toda máquina! (1951) o Y tu mamá también (2001), dos ejemplos cercanos.

Así como las primeras películas de Marco Berger constituyen una exploración, en clave moderna, de las potencialidades de esas relaciones homosociales; cuestión que en sus producciones posteriores es presentado de manera mucho más explícita. En todo caso, lo relevante es cómo se performan culturalmente ciertas desviaciones del imperativo heterosexual y, más aún, cómo dichas performances son interpretadas casi siempre a partir de una lógica heterosexual que anula así (o que incluso a veces se confunde y se cruza con) cierta potencia transgresora. Y esa lógica heterosexual, como ha señalado Hiram Perez, además, se hermana con lo que él llama una lógica cosmopolita que tiende a entender esas transgresiones a través de la identidad homosexual como forma única de inteligibilidad. Finalmente, la eficacia de la hegemonía se sostiene sobre la producción de aquello que a veces oculta, pero que, otras veces, funciona como la alteridad perfecta que estabiliza y cierra su propia identidad hegemónica.
[*] Este artículo, junto a uno anterior, eran parte de un solo texto que escribí para el seminario «Biopolítica, sexualidad y producción». Igual que en el anterior, la edición del libro de Louis-Georges Tin, La invención de la cultura heterosexual, que cito aquí es la de 2012, traducida y editada por El Cuenco del Plata.
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