La Jovencita se produce cotidianamente en cuanto tal mediante la reproducción maníaca del ethos dominante. (p.64)
Si bien, como ya decía antes, hay evidentes coincidencias entre la Jovencita de Tiqqun y el capital erótico de Hakim, la distancia es también enorme. Mientras Hakim raya en la auto-ayuda, Tiqqun se propone desde el principio «hacer manifiesta» la vacuidad del sujeto alienado, reanudando así una «ofensiva» política: «La figura de la Jovencita es una máquina de visión concebida a tal efecto» (p.19). De este modo, la visibilización de la Jovencita como figura de poder, parte de la crítica al Espectáculo cuyo «centro simbólico» es, según Tiqqun, el deseo. Deseo que agita violentamente la sociedad occidental hoy globalizada, pero que a la vez se ha vaciado de todo sentido y contenido (p.146).

La figura de la Jovencita supone la colonización de todas las esferas de la vida, aún más allá de lo económico, por parte de lo que en Tiqqun se llama la dominación mercantil. En ese sentido, representa un retorno al sujeto soberano, que ahora se constituye a partir de su propia reificación. La necesidad de cotizarse en el mercado del deseo, implica un control estricto sobre uno mismo y sobre su cuerpo. La Jovencita, que somos todos, es «el más temible» dispositivo biopolítico (p.108).

«El programa del Biopoder se resume ―según Tiqqun― en el proceso de sumisión de los hombres [sic] a y por medio de su propio cuerpo» (p.111). En este contexto, la Jovencita es «el más competente de los agentes de control de los comportamientos», en la medida que la dominación se introduce «hasta en los últimos resquicios de cada uno» (p.113). El cuerpo es despojado de toda su «naturalidad» y reconstruido por la ciencia moderna. Esto produce lo que en Tiqqun se llama una «animalidad sin instinto», que nos desfamiliariza de nuestra fisiología: la naturaleza es «verdadera» en tanto que pasa por el tamiz experto de la ciencia.
Así, en una época en la que ―según José Natanson― el emprendedor se corona como «héroe capitalista del siglo XXI», el control disciplinario no deja de apelar al cuerpo como mecanismos de reproducción social. El éxito, según la ideología dominante, implica (además de destrezas competitivas) un cuerpo que lo soporte y una alta valorización en el mercado del deseo (para atraer clientes, para atraer inversores). Porque solo un cuerpo «saludable» y disciplinado es capaz de producir el alma de un emprendedor exitoso. Esa alma que vuelve al cuerpo para aprisionarlo: «NUESTRO CUERPO ―leemos en Hombres-máquina: modo de empleo― ES PRISIONERO DE UN ALMA PRISIONERA DEL CUERPO» (p.167).

Todas las citas textuales (y los números de página referidos) fueron tomadas de la edición de Acuarela Libros de Primeros materiales para una teoría de la Jovencita. Esta edición también incluye Hombres-máquina: modo de empleo. La misma está disponible para su descarga en PDF. Hay también otra versión del texto en línea.
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