
Es difícil resistirse a escribir de lo que todo el mundo está hablando. Por ejemplo, ayer Alejandro Hernández (a quien seguro conocerás si eres de Venezuela y tienes menos de 30 años) publicó en su blog una entrada «aclarando» su sexualidad o, lo que parece ser lo mismo, «saliendo del closet». La página recibió tal cantidad de visitas que colapsó, impidiendo por momentos su acceso.
En primera instancia, el gesto, por innecesario, no deja de ser loable. Como dijo @edgarmanuel, «Las personas LGBTI somos extrañxs hasta en nuestras familias, cuando alguien sale del closet publicamente envía un mensaje: “no estas solx”». La «visibilidad» es, para muchos, una forma de activismo. Una muy potente porque tiene la fuerza de hacer visible y dar existencia a una forma herética de estar en el mundo, ya que no se corresponde con los parámetros que nos han impuesto. Sin importar lo constrictiva que sea esta «confesión» (la pequeña jaula), su irrupción significa un leve sismo que agrieta la lisa y homogénea capa heterosexual de nuestra sociedad.
Es evidente que cuando lo hace Alejandro Hernández, una figura notablemente conocida —que tuvo la suficiente influencia sobre el público joven venezolano como para que lo criticasen en el canal del Estado—, la trascendencia es mayor. Aunado a eso, el hecho de que el enunciante sea un tipo papiado y masculino como él y que, para el común de la gente (heterosexual) no fuese percibido como «un homosexual», hace que la agitación sea mayor. La moraleja necesaria es que no hay actitud ligada por naturaleza a la sexualidad de nadie. Bravo por eso.
El mensaje, sin embargo, se empantana y se distorsiona con aclaraciones innecesarias y repetidas que, desde adentro, replican un discurso de (in)tolerancia social del tipo «yo no tengo nada en contra de los gais, pero…». En este caso, ese discurso se convierte en un «yo soy gay, pero…». De modo que, Alejandro al final de su texto, nos deja claro que el que haya escrito esta confesión «no quiere decir que mañana me voy a poner una peluca, me voy a pintar los labios y voy a subir una foto a Instagram con el hashtag #instagay». Una aclaración que quizá sea justificable si estás hablando con tu mamá (quien no tiene ni puta idea de la diferencia entre ser homosexual, ser trans o ser cualquier otra de estas etiquetas simplificadoras que nos adjudicamos), pero no si estás hablando a esos jóvenes venezolanos que quieres acompañar en el proceso de aceptarse a sí mismos, tal como son.
No solamente, pero sí en particular, ese último párrafo que pudo perfectamente ser omitido, es una vuelta a las jerarquías, como si en un intento de reivindicar su derecho a ser homosexual, Alejandro nos dijera de paso que esa homosexualidad «seria» y «limpia» (masculina, en suma) está por encima de esas otras condiciones ajenas al ideal de virilidad. Diciéndole a esa misma audiencia joven está bien que seas gay, amigo, pero vamos a ser unos gais bien portados, serios, sin pelucas… si es posible papiados como yo. Ser «fuerte», así, parece ser lo verdaderamente condenable.
Alguien dirá que es una exageración de mi parte, que es paranoia, que simplemente estoy drenando algún viejo odio hacía Alejandro Hernández o que solo quiero llevar la contraria (esto último es un argumento que, no por vacío, deja de ser común). Pero esos comentarios, a mi parecer, demuestran pura miopía. Ya se sabe que todos vemos lo que queremos ver y no lo que está realmente frente a nuestros ojos. Así, hay gente que, a estas alturas de la vida, todavía le parece una exageración o una estupidez tildar de homofóbicas frases del tipo «él es gay PERO es una buena persona».
En fin, bravo por Alejandro si su declaración lo hace un ser humano más pleno y feliz, bravo por todas las personas que tienen el valor (porque es innegable que se requiere valor) para decirle a la gente lo que «son» cuando «eso» que son aún sigue siendo motivo de condenas en el mundo en el que vivimos. Pero si queremos que sirva también para ver un poquito más allá del selfie y de esa plenitud «integrada» al mundo de los géneros opuestos, para ver por (y defender a) los niños que quieran ponerse una peluca, pintarse los labios o hacer los que les dé la gana con su vida y con su cuerpo, quizá tendremos que buscar en otra parte.
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